A principios de la década de los noventa, El Mercurio decidió integrar a sus suplementos un espacio donde se le permitiera acceder a la atención de un público más joven. Así nació la revista “Zona de Contacto”, todo un referente para cierto tipo de artículos que combinaban las inquietudes propias del periodismo con algunos acercamientos a experimentos literarios. Este estilo fue perdurando primero para transformarse en una moda, que con el tiempo devino en un cliché. Y aunque a varios de sus colaboradores les resulto exitoso explotar este esquema de redacción (incluso habituales redactores, como Alberto Fuguet, María José Viera-Gallo y Sergio Paz incursionaron, con disímil éxito, en el campo de la literatura de ficción y no-ficción) la forma de enfocar la información se transformó en una maniobra de estilo tan sospechosa como cansadora: las frases cortas, la jerga que sucumbe a la obsolencia con una rapidez pasmosa, y la cita enciclopédica sin filtración aparente arruinaron, voluntariamente o no, a toda una generación que le pareció que abrazar estas reglas como dogmas era no sólo una excelente idea, sino la encarnación de la única forma posible de expresión verbal.
Crtl+Z reconoce abiertamente esa escuela, y también reconoce estar destinada a un público muy poco exigente en cuanto a formas y fondo. Cuestionar las motivaciones es irrelevante, pero no lo es preguntarse porqué se sigue con un modelo de redacción que ya demostró sus fisuras, alojando la confianza en que, de alguna forma, el “periodismo juvenil” se puede permitir imprecisiones. No es una crítica a su arriesgada y por supuesto, bienvenida apuesta a exponer temas que otras publicaciones semejantes no tocarían (los 10 años del Viagra, Cómo desbloquear consolas de videojuegos), sino a la forma en que la mayor parte los artículos intentan acercarse a su público.
Aunque no hay una línea editorial que modere los contenidos, y el esfuerzo por publicar temas diferentes a los habituales en los medios se este tipo de agradece, la forma en que éstos se manifiestan choca con la promesa inicial del sitio innovador. Hay comentarios de cine, por ejemplo, que se remiten casi al nivel publicitario de las etiquetas de los DVD, o críticas de libros que se deshacen en elogios sin profundizar mayormente siguiera sobre la obra. Si la idea es desarrollar entradas sencillas y de corta duración, para un público no tan especializado ni enterado, el paso para llegar a convertirse en un medio de carácter tradicional, que no confía en las capacidades del lector estaría cercano.
Esas dos vertientes aparentemente contrapuestas, irreverencia y adecuación estandarizadora a un público, apretujadas en un solo concepto parece una decisión algo forzada. No se puede quedar bien con Dios y con el diablo al mismo tiempo, aunque obviamente la vocación de Ctrl+Z es más cercana a romper esquemas que a mantenerlos. Que esta misión quede más clara pasa también por equiparar el concepto de “joven” con frases poco ingeniosas, paradójicamente pasadas de moda.
Jorge González S





